jueves, 29 de enero de 2009

La Tía de Frankenstein (Frankensteinova Tante)

La Tía de Frankenstein es una de las series que marcó mi infancia. Apenas recuerdo con qué edad la veía, ni sobre qué trataban los capítulos. Sólo me vienen a la cabeza débiles fogonazos, suficientes para hacer que surgiera en mi la nostalgia por volver a verla. Sé que el comienzo era un tanto siniestro, con una música un poco rara, y que salían personajes como el conde Drácula, Igor, o el propio Frankenstein. Y poco más puedo añadir.

Lógicamente esa descripción no es muy prolija, y me he visto múltiples veces decepcionada al intentar recordar la serie con amigos de mi edad, o incluso gente más mayor, y ver que nadie la conocía. Así que me dio por meterme en google y teclear ese título (en realidad puse La Novia de Frankenstein, porque no recordaba el título exacto de la serie) y… ¡aleluya! He encontrado algunos blogs en los que se habla de esa serie, y para mi regocijo, encontraba comentarios de gente en mi misma situación. Personas que vieron de niños esa serie y se quedaron con un vago recuerdo de ella en su mente, incomprendidos porque nadie más la conocía.

Gracias a la mavarilla de internet, puedo aportaros unos pocos más datos de la serie, para que la ubiquéis.

Esta serie fue emitida en 1987 (o sea, que yo tendría unos 5 años) en un programa llamado La linterna mágica, y consta de 7 capítulos, de unos cuarenta y cinco minutos de duración cada uno.

Se trata de una serie coproducida por varios países, entre los cuales están España, la entonces Checoslovaquia, Francia, Alemania y Austria. Entre sus personajes, figuraban los españoles Sancho Gracia (que hace de juez instructor) y Mercedes Sampietro (que hace de Dama Blanca). Esa mezcolanza de países otorgaba a la serie un ambiente extraño y quizás macabro, aunque ésta relataba en clave de humor las aventuras de diversos personajes famosos del mundo del terror: Frankenstein, el Conde Drácula, el Hombre Lobo …

Para los que tengáis curiosidad por verla, sabed que se puede bajar completa del e-mule. Investigando por la red, he encontrado estos enlaces donde pueden verse algunos capítulos online.

CAPÍTULO 1

http://www.megavideo.com/?v=WVVGDQE8

CAPÍTULO 2

http://www.megavideo.com/?v=NBI78T0R

CAPÍTULO 3

http://www.megavideo.com/?v=K0MY5EN7

CAPÍTULO 4

http://www.megavideo.com/?d=RC7EXOM6

CAPÍTULO 5

http://www.megavideo.com/?d=KOIT5N2B

CAPÍTULO 6

http://www.megavideo.com/?d=CTULSH1C

CAPÍTULO 7

http://www.megavideo.com/?d=7UM9FZME

Para descargarlos desde megaupload:

bajar 1 http://www.megaupload.com/?d=YPLJWE8Y

bajar 2 http://www.megaupload.com/?d=LGN3KMD5

bajar 3 http://www.megaupload.com/?d=Y57WWZ4B

bajar 4 http://www.megaupload.com/?d=RC7EXOM6

bajar 5 http://www.megaupload.com/?d=KOIT5N2B

bajar 6 http://www.megaupload.com/?d=CTULSH1C

bajar 7 http://www.megaupload.com/?d=7UM9FZME

jueves, 22 de enero de 2009

El examen MIR

Ya queda poco, apenas dos días.

El sábado me enfrento al momento que todo estudiante de medicina está temiendo desde que ingresa en la facultad: el odioso examen MIR.

Un día como hoy, en el que ya no cabe más información en la cabeza, y en el que cualquier intento por estudiar y repasar es inútil ante tan poco tiempo, y tanta cantidad de información... sólo resta sentarse ante un blog y escupir cuantas tonterías pasen por la cabeza, a modo de catarsis.

No sé si existe alguien en este planeta que le vea sentido a este examen. Para empezar, te tienen cinco horas contestando preguntas, cinco horas, se dice pronto. Deben pensarse que nuestro culo y nuestras vejigas son a prueba de bombas. Luego llega a urgencias gente con dolor lumbar y cistitis, claro. Es más, yo creo que el verdadero examen es ése, aguantar ahí sentado estoicamente. Dicen que te dejan ir al servicio, aunque yo no sé si alguien en la historia del examen MIR se atrevió a levantarse para ir; me he planteado ir en dodotis al examen, comerme medio kilo de aceitunas rellenas de anchoa, comerme un puñado de sal, mearme encima... pero todavía no me decanto por ninguna opción.

Luego están las propias preguntas, que son incontestables. Te tiras seis años (ocho en mi caso) estudiando una carrera, y llegas al primer simulacro y no sabes contestar ni una sola pregunta de 260, o si aciertas, es más por tu propia intuición que por lo que pudieras recordar de las clases de la facultad. Da igual que en todos los hospitales de España te hagan una radiografía si te tuerces un pie, en el examen MIR hay que contestar lo que dice un manual destinado exclusivamente a ese examen, y si el manual dice que tienes que hacer una resonancia, pues esa es la correcta.

También es fundamental conocerse las traslocaciones cromosómicas de las leucemias y linfomas, porque un médico que no sabe que el cromosoma Philadelphia es la translocación 9:22 ya no es nadie en este mundo. Menos mal que yo me invento reglas estúpidas para que no se me olviden este tipo de datos, como por ejemplo que el queso Philadelphia se toma para desayunar y para cenar, a las 9 y a las 22 horas.

El examen MIR también tiene efectos secundarios. Yo ya tengo el culo cuadrado y los hombros contracturados, por no decir que estoy casi al borde de la esquizofrenia paranoide. Y eso que no aspiro a una nota muy alta; no quiero imaginar cómo estarán los que quieren sacar la mayor nota posible.

En fin, aprovecho este mensaje, para mandar ánimo a todos los que estén como yo no sin antes avisarles de que se ha cambiado la fecha del examen MIR al lunes 26 de Enero.

Que no, que es broma.

Suerte a todos.

Pero para mí más.

viernes, 9 de enero de 2009

Las preocupaciones del Estupal

Cuando se estudia una carrera con el propósito de forjar un respetable futuro y una profesión digna, creciendo en ambiciones o soñando con objetivos más o menos atractivos, es inevitable fijarse en lo que sucede en el día a día y ver cómo la realidad dota a las cosas de un toque típicamente descorazonador.

Me explico. Uno, en su fuero interno, aspira a ser médico; si es posible en algún puesto importante (director de una clínica privada por poner un ejemplo), y por pedir que no quede, ser una eminencia en la especialidad que sea. Uno imagina su vida como persona adulta e independiente, acudiendo al trabajo todos los días, atendiendo a pacientes que lo adoran, dando conferencias importantes con mucho público o incluso siendo profesor de facultad (que dicho sea de paso, no vendría nada mal para depurar lo que pulula hoy día por las universidades, aunque esto será tema de otro capítulo).

Uno, cuando la toma de apuntes deja un hueco libre para el raciocinio, puede atisbar la pasión que sentía por la medicina cuando veía "La vida es así", gran serie de televisión que despertó la vocación de casi todos los estudiantes de medicina de mi generación. Y se le erizan los pelos de los brazos a uno cuando le explican la patología del sistema inmunitario o la cascada de la coagulación (siempre y cuando el profesor que lo explica no sea lo que normalmente es, un pésimo docente, aunque vuelvo a repetir que eso es tema de otro capítulo). Uno llega a recordar que la Medicina es una de las más bellas disciplinas.

Pero... toda esta grandeza, los sueños, las aspiraciones, lo bello de estudiar una carrera tan respetada... quedan relegados a los momentos de reflexión como éste. Porque una cosa es el momento puntual en el que uno se plantea por qué estudia Medicina, y otra cosa es el día a día y las preocupaciones que éste trae consigo.

Por poner un ejemplo:

A un estupal, que se levanta a las seis de la mañana para coger el autobús, la primera preocupación que le atormenta es poder entrar el primero en el autobús para coger el único asiento que puede abatirse hacia atrás. Esto es un dato muy importante, porque ir en ese asiento permite continuar el sueño que todavía se lleva encima hasta que se llega a Valladolid. A las seis de la mañana la Medicina no es una gran carrera, es una gran putada.

Otra de las preocupaciones es qué ropa ponerse, sobre todo los días que toca quedarse a comer en Valladolid porque haya prácticas o clases por la tarde. Estaría bien arreglarse y tener la valentía (por no decir otra cosa) de las pijas pucelanas para ponerse minifaldas y tacones en pleno invierno. Incluso perfumarse y maquillarse. Pero no puedo comprender cómo resiste esa especie (las Estuvales pijis hembras -ver "Los Estumedis"-) a los avatares del día. La prueba de fuego es bajar a la cafetería. Se entra oliendo a Nenuco, o Cool Water, o Nina Ricci, o a naftalina si me apuras, y se sale de allí oliendo a empanadillas fritas con aceite rancio y humo de tabaco de diez marcas diferentes.

Créeme, es una de las sensaciones más desagradables que he conocido; ir duchado y con el pelo limpio y notar como un halo de olor a fritanga se abalanza sobre ti y te rodea inexorablemente, porque sí, es un olor tan penetrante que si se aguzase un poco la vista, llegarían a percibirse sus formas.

Ante tal destino, y teniendo en cuenta que es IMPOSIBLE eludir el ir a la cafetería (una especie de magnetismo más fuerte que la propia voluntad te arrastra allí) cabe la opción de optar por ducharse y lavarse el pelo y todos los días dándole un agua a toda prenda que haya pasado por allí, o contribuir a las campañas ecologistas llevando la misma ropa hasta que algún perro callejero se abalance sobre ti.

También es importante el vestuario el día en que toca sacar o devolver libros de la biblioteca. Y dirás que qué tiene que ver el tocino con la velocidad, pero enseguida lo explico. Es fácil ir con zapatitos, chaquetita y faldita cuando sólo se carga con el peso de los apuntes en la carpeta; imagínate tal situación con tres libros de dos kilos de peso cada uno y cuyas dimensiones son 30 x 20 x 10 (en Medicina los libros no se miden por superficie, sino por quintales). Si te trae papá en coche, o si tienes un esclavo que haga la tarea por ti, no hay problema. Pero si vienes de Palencia (recuerda que te has levantado a las 6 de la mañana odiando al mundo, que has caminado hasta la estación de autobuses con lluvia y sin paraguas, que has peleado por el asiento abatible y que ya llevas considerable carga de estrés encima) añadir tres libros de esas características puede ser fatal con esa indumentaria.

Hay que pensar que no se puede cargar con esos libros así, alegremente bajo el brazo. Porque se necesita un título de levantador de peso o un brazo de medio kilómetro de longitud que pueda enrollarse sobre los libros para que no se caigan. Por tanto hay que confiar en la mochila, y en nuestra sagrada espalda. Lógicamente, ir con zapatitos, chaquetita y faldita con una mochila a la espalda (que dado el peso no se puede llevar colgada sólo de un asa -como la llevan los pijos-), es un crimen que sería gravemente sancionado por las Estuvales hembra. Pero si a uno le importa tres narices lo que opinen los demás, cabe decir que además es realmente incómodo y frustrante, por no decir antiestético, llevar la chaquetita arrugada entre las asas de la mochila que tiende a hacernos caer hacia atrás por desplazamiento del punto de gravedad, la faldita subiéndose por detrás y los zapatitos haciendo daño en los pies. Demasiadas cosas para preocuparse a las siete de la mañana. Así pues, en tales circunstancias, escoges el chándal y las playeras y vas tan cómoda. Aun así, el peso de los tres libros se hace difícilmente soportable. Los escritores de libros de medicina interna no tienen piedad, y luego sobran estudios médicos sobre el desconocido origen del dolor de espalda.

Quisiera detenerme a analizar lo de la mochila un poco más. Como ya he mencionado, la mochila está prohibida entre los pijos a no ser que sea de marca y se lleve colgada de una sola asa. Normalmente la llevan los hombres, ya que las mujeres no tolerarían tal falta de estilo. A veces puede que alguno la lleve con las dos asas puestas, pero para ello tiene que ser un guaperas que sea adorado por todas las mujeres, en cuyo caso, aunque se tire un pedo en medio de clase (por poner un ejemplo), siempre quedará bien y todos le aplaudirán y dirán "qué grande es este tío que se tira pedos en clase".

Dejando a un lado todo lo anterior, proseguimos con el hilo central de este capítulo mencionando más preocupaciones del Estupal. Por ejemplo, encontrar el libro que se busca en el sitio correcto en la biblioteca y evitar que los empollones (pobres incomprendidos) te asedien para ver qué libro te has llevado. Éstos suelen detenerte para preguntarte cualquier gilipollez y aprovechan el despiste para mirar con el rabillo del ojo tu libro y suspirar con satisfacción cuando ven que el libro que llevas no les interesa.

Después de ello, otra preocupación es encontrar la fotocopiadora de la facultad abierta, cosa que como mínimo es un milagro ya que el que trabaja allí se pasa más tiempo en la cafetería o de baja, que en su puesto. Es esencial tener fichado un lugar donde te hagan fotocopias de libros, y te sabes toda la legislación sobre la reproducción legal e ilegal de obras con derecho de autor mejor que la clasificación de los linfomas (¿alguien se la sabe?). Y por supuesto, donde las fotocopias sean más baratas.

Por suerte, yo no tengo que añadir a la lista de preocupaciones el tener que ir al kiosko que hay al lado de la facultad y humillarme ante su estúpido dependiente para pedirle dos cigarrillos sueltos (cosa que personalmente veo patética, pero el vicio es el vicio y la pela es la pela). El hombre de vez en cuando tiene el día inspirado y gracioso, y hay que reírle las gracias con cara de falsedad porque no hay más kioskos cerca, y no se puede perder el tiempo buscando otros cuando se puede invertir el mismo haciendo cola en la fotocopiadora de la facultad.

Hay muchas más preocupaciones que se analizarán quizás en otras entregas, porque ésta se va extendiendo mucho ya. Pero con lo que he expuesto creo que es suficiente para cumplir mi objetivo, y que comprendas que, ante tantas y tan trascendentales preocupaciones, es lógico que a uno se le olvide de vez en cuando qué hace en la facultad y por qué estudia lo que estudia, y que no está allí colocado para una segunda y macabra versión del Show de Truman. Y lo peor de todo, pensar que no hay ningún motivo para que las cosas sean sustancialmente diferentes cuando uno se convierta en ese médico director de clínica privada, eminencia de su especialidad, cuyos pacientes lo adoran, que da conferencias importantes con mucho público, y que incluso es profesor de facultad.

miércoles, 7 de enero de 2009

Memorias de una amante

El carmín amenazaba una sonrisa pérfida bajo mis rugosos labios, mi cuello desprendía aroma a perfume prohibido, mis pechos parecían pelearse por desbordar el vertiginoso escote, mis curvas conducían a un majestuoso tacón que culminaba en una violenta punta. Sí, me ví espectacular frente al espejo. Sentí lástima del frío cristal inerte, reflejo vacuo, ignorante de mis maliciosas intenciones.

Aquella noche de verano era ideal para exhibir mis encantos, y sin embargo opté por llevarme una chaqueta ligera que cubriese parcialmente mi atrevimiento. No deseaba asustarle con una apariencia desmedida, esperaría a que nos sirvieran la segunda copa de vino para revelarle mi erotismo. Cogí las llaves del coche, la barra de labios y el bisturí, que deposité en el minúsculo bolso de Chanel, y salí de casa a las diez menos cuarto exactamente.

El paseo marítimo estaba concurrido. Me resultó apetecible mostrarme veladamente entre la gente. Algunos hombres despistados apenas posaban su mirada en mí, otros más despiertos se fijaban tarde y giraban la cabeza para intentar observarme bajo la protección de mi espalda y fingida ignorancia. Bonita, guapa, pero qué cuerpo tienes.

Allí estaba Mario, apoyado sobre su BMW con los pies cruzados, espléndido en su vestimenta veraniega y su sonrisa de águila triunfadora, en su altura, en sus cabellos métricamente cortados y en su barba afeitada con cautela dos horas antes. Era realmente guapo el cabrón. Y olía aún mejor. Dichosos perfumes, me obcecan los sentidos y no me dejan pensar con claridad.

Me saludó sin palabras, deslizando su brazo por mi apretada cintura y depositando un casto beso sobre mi mejilla. Sé que de casto no tenía nada, e intuí un breve palpitar en su bragueta cuando mi escote asomó travieso entre la chaqueta. En ese mismo instante habría llevado mi mano allí para hacer culminar su erección, sólo por el placer de verle en el compromiso de esconderla, pero dado el gentío que nos rodeaba me pareció un gesto poco apropiado.

La mesa del restaurante ya estaba reservada. El maitre y los camareros conocían a Mario de sus múltiples citas con mujeres. Maldito adonis, si no fuera porque con sólo mirarle me humedecía, le abofetearía por su insultante belleza. Aunque quizás no era él quien me excitaba, sino las expectativas de una noche única.

La cena transcurrió sin incidentes, por no mencionar el instante en que me quité la chaqueta. Fue divertido intuir de nuevo el palpitar en la entrepierna de Mario, y quizás en alguna otra más. El marisco estaba delicioso, el vino era magnífico, y el postre fue sugerente y rápido.

Después de una copa anhelante en un pub conocido y concurrido, fuimos al hotel en que se alojaba Mario. Aquel lujo era desorbitado y me provocaba, despertaba en mí las ansias de tratar despóticamente a todo el servicio y convertirme en una excéntrica insoportable. Mario tendría que aplacar mis inquietudes con un buen polvo.

Las sábanas eran suaves, casi tanto como la piel de su polla. Sí, así de rápido fue todo. Me importaba una mierda que el minibar tuviese Möet Chandon, o que sobre las almohadas hubiese bombones, o que la bañera tuviese hidromasaje. Tres minutos después de que la puerta se hubiese cerrado tras nosotros, Mario ya estaba desnudo con mi mano en sus testículos. Yo en cambio aún seguía vestida.

Me resultó excitante la humillación que podría provocarle la situación, que en esos momentos yo me situase poderosa de su miembro, oculta bajo mi vestido. Él no sabía que en realidad yo llevaba desnuda mucho más tiempo que él, desde que su polla palpitó por vez primera. Manoseé sus huevos con suavidad, y después su polla. Si ésta pudiese hablar, estoy segura de que en aquel momento me habría llamado zorra; tan amenazante me pareció de lo hinchada que estaba.

Sé que Mario deseaba verme desnuda de inmediato, pero yo le entretenía y le dispersaba comiéndole la boca, mordisqueando ligeramente su labio inferior, deslizando la lengua de una forma que en la calle habría resultado obscena. De vez en cuando sentía el roce de su miembro contra mi vestido, y yo me restregaba juguetona. Maldita puta, desnúdate ya, me decía su pene. Esta vez le hice caso, no deseaba un desencuentro. Dejé que Mario bajase la cremallera del vestido, y este cayó al suelo revelando mis pechos, mis caderas y mi cruz, esa en la que se pierden todos los deseos.

Me pareció un tanto grosero que el primer gesto de Mario fuese hundir sus dedos en mi vagina, pero ésta no pareció estar de acuerdo. Un giro brusco de los acontecimientos me desplomó violentamente sobre la cama, dejándome frágil y expuesta ante la corpulencia de mi amante. Mario me besaba el cuello, apretaba mis carnes con sus manos, rozaba sin pudor su miembro entre el vello de mi pubis amenazando entrar de un momento a otro. Pero de nuevo tomé el control y le empujé hacia delante. No soportaría ver ese rostro tan perfecto mientras me penetraba, deseaba sentir dentro la polla de un hombre mediocre que se folla a una diosa con todo su empeño. Así que me coloqué a cuatro patas con la pose más felina que pude, ofreciéndole mis curvas de una forma que rompió la enemistad de su pene. Ahora él me decía, bonita, linda, acércate más. Moví mis caderas como una serpiente, lenta, cadenciosamente. Entonces me la clavó.

Qué gorda la tenía el hijo de puta. Si es que lo tenía todo. Sentí tal placer cuando aquel pedazo de carne entró en mi, que me dí asco a mi misma por gozar tanto. No me perdonaría nunca desear follar con él una segunda vez, porque aquello me impediría continuar con lo que tenía entre manos. Sin embargo la gran verga insolente resultó tener poco aguante cuando se enfrentó cara a cara con una vagina de verdad. Dos minutos y veinte segundos después de que asomara por mis profundidades, escupió su último aliento viscoso.

Mario se desplomó agotado sobre la cama, dejándome dubitativa sobre qué sería lo que le había dejado así de exhausto. No me molesté en insinuarme para que terminase su trabajo; le dejé en esa babia en la que caen los hombres cuando creen que su orgasmo da por finalizado el acto sexual. Me levanté sigilosamente y cogí mi bolso. De allí saqué mi bisturí.

Volví sobre mis pasos con igual sigilo, y me tumbé de nuevo junto a Mario. Besé su cuello lentamente y él cerró los ojos, con una gran sonrisa de cerdo estúpido. Quizás en su mundo de fantasía pensaba que yo me sentía agradecida y satisfecha por algo que él había hecho. En realidad mi satisfacción residía en lo que iba a hacer yo. Y en efecto, me sentí muy complacida cuando el bisturí se hundió en su cuello y la sangre salpicó mis mejillas al sacarlo.

La sangre vital cubrió las blancas sábanas en pocos segundos como un dramático manantial carmesí, acompañado por los frenéticos espasmos de Mario, que se llevaba desesperadamente las manos al origen del chorro que me empapaba. No tardó mucho en parar de moverse y exhalar su último estertor, casi tan viscoso como su última corrida, dejándome rodeada de la más roja soledad.

Bendita soledad, caliente y coagulada. Miré el cuerpo de Mario inerte, si cabe más bello que en vida, su miembro flácido caído hacia un lado, el cuerpo manchado de su propia insolencia. Besé aquella polla silenciosa que ya no me decía nada, y me masturbé lentamente, con los dedos empapados en sangre.

Una lástima que su muerte no le hubiese provocado una última erección, habría podido aderezar mi paja con algún condimento. Después de correrme, volví a besar su cuello lentamente, y esta vez sí me sentí agradecida y satisfecha.

Pero él ya no sonreía.

lunes, 5 de enero de 2009

Abu

Cuando llegó a los acantilados, el corazón le latía con rapidez. Ya no tenía edad para aquellas caminatas entre las rocas, y sin embargo cada fin de semana volvía a recorrer los salvajes y angostos caminos que se perdían entre la tierra, el mar y el horizonte. Fue allí, en esa explanada que invitaba al descanso tras la expedición, donde doce años antes Alejandra le había dicho sí, me casaré contigo, bribón. Y fue allí, en ese hueco perdido y alejado de la humanidad, donde un año antes Alejandra le había dicho sí, tengo cáncer.

No sabía muy bien qué le motivaba a recurrir en sus paseos al mismo lugar en el que se mezclaban tantos recuerdos amargos y dulces. Por un momento pensó que se sentía como las olas que chocaban contra los riscos, allá abajo.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el torrente vital de un chiquillo que se acercaba correteando, chillando y riendo. Tras él, una pareja que caminaba abrazada con gesto apacible. Sonreían los tres. Eran felices.

-¡Abu! ¡Mira, mira, soy una moto!

Sonrió. Aún había veces en las que recordaba sus propios juegos de niño y se los contaba a su nieto, aunque éste la mayoría de las veces no le comprendiese. También recordaba los tiempos de guerra, y el nacimiento de sus hijos. Sin embargo no era capaz de precisar lo que había desayunado esa misma mañana. Y luego estaba Alejandra. A ella nunca la olvidaba.

Se quedó pensativo contemplando el mar. El velo naranja del atardecer lo cubría todo, y era como si la realidad se hubiese transformado en sueño. De vez en cuando se podía escuchar el choque enfurecido del oleaje contra las rocas del acantilado e incluso la ventisca envolvía y amenazaba a quien se atreviese a asomar su cabeza para asistir al espectáculo. El tenía plaza reservada allí, y nunca faltaba a la función.

La pareja y el chiquillo se alejaban ya por el mismo camino que los trajo, con el niño revoloteando en torno a ellos. Siempre que salían los cuatro a pasear, el abuelo se quedaba rezagado en el mismo sitio, sumido en la nostalgia y los recuerdos. Pero se hacía tarde, y las sombras comenzaban a perfilarse. Era hora de regresar a casa.

-Vamos, Guille, ve a buscar al abuelo, para que no se quede atrás.

Y el niño volvió a buscarle. Pero su abuelo ya no estaba allí.

Ybna y Shima

Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar muy lejano perdido entre montañas, donde el viento y el cielo se acariciaban día a día y las nubes se convertían en encaje divino, vivían dos hermanas llamadas Ybna y Shima. Ybna era de tez pálida, casi alabastrina, y sus cabellos parecían destellos de sol en la mañana; Shima en cambio era de piel morena, con bucles negros como el carbón.

Las dos hermanas nunca se separaban y se amaban. Era éste un amor fraternal, sincero, natural y transparente. De tal pureza era su amor, que todos los habitantes de la aldea en que vivían las envidiaban. Cada vez que dos hermanos discutían en algún hogar, ellas servían de ejemplo de convivencia y hermandad. "Deberíais aprender de Ybna y Shima" decían las madres desesperadas a sus pequeños revoltosos cuando éstos se peleaban por envidia o aburrimiento.

Cierto día, Ybna y Shima paseaban por los jardines que rodeaban la aldea, de los cuales se decía que eran los más bellos del reino, tan bellos, que las gentes aseguraban que algún tipo de hechizo se encargaba de ofrecerlos así a la madre Naturaleza. Shima se encontraba nerviosa; llevaba ya mucho tiempo bajo aquel nerviosismo, con un nudo en la boca de su estómago tal, que llegó a pensar que algún ser extraño se había apoderado de su alma y había colonizado dentro de ella. Cada vez que miraba a su hermana y veía sus hermosos y grandes ojos verdes, su fino cabello ondeando bajo la brisa de verano, su tez pálida y aterciopelada, sus manos delicadas, se sentía aún más devorada por ese monstruo usurpador. "¿Qué me está sucediendo?" se preguntaba por las noches, cuando ambas se metían juntas en la cama a dormir, como siempre habían hecho desde pequeñas, y el tacto de la piel desnuda de Ybna revolvía todo su ser tejiendo un volcán de efluvios que la recorría desde la nuca hasta la confluencia misma de su vientre y sus muslos. Bajo el canto de los pájaros, el suave vaivén del verde vespertino de los abedules, y la brisa con olor a mar y a cielo, Shima no pudo reprimir el aluvión de sentimientos que se había gestado en ella durante los últimos años. Se acercó a su hermana Ybna, la tomó de los brazos, y mirándola fijamente a los ojos depositó un beso casto sobre sus jugosos labios de textura amelocotonada y color de fresa.

Cuando el roce concluyó y las carnes comenzaron a separarse milímetro a milímetro, Shima se temió lo peor, que su hermana la repudiase, que dejase de amarla, que naciese el desprecio en ella. Había sido una estúpida, había arriesgado la hermosa relación que habían construido juntas por culpa de un ente extraño que la había poseído y la había hecho sentir cosas impuras.Con todo ese torrente de miedos en su mente, con la desesperación corriendo por sus venas, Shima no se percató de que Ybna estaba sonriéndola. Cuando quiso darse cuenta, ya tenía de nuevo la boca dulce de su hermana indagando en la suya, incluso su lengua osada quería adentrarse más allá e intercambiar el sabor de la saliva cálida. El monstruo que vivía en el seno de Shima se despertó aún más y rugió, la hizo temblar, palpitar, expulsar fluidos por todos sus poros y orificios. Pero ahora no estaba asustada, sino que sentía un prohibido y novedoso placer jamás conocido por ella.

Las manos de Ybna habían comenzado a rozar sus caderas, y ascendían hasta sus pechos turgentes por debajo de la túnica. No había ninguna duda de que Ybna había sido poseída por el mismo monstruo, pero eso ya no importaba. Sólo quisieron dejarse llevar por el caudal de aquel río que acababa de nacer entre ellas, como si una fuese la montaña y la otra fuese el mar.Hicieron el amor entre hierba, flores, árboles y semillas, entre el murmullo de la tarde y del verano, bajo la caricia del sol.

Un zagal, escondido entre los matojos, vio la escena y corrió a la aldea para avisar a los habitantes. Pronto, todo el pueblo era conocedor del pecado cometido por aquéllas que habían sido el paradigma de amor entre hermanos.

Ybna y Shima fueron llevadas ante el Consejo de Ancianos, quienes no necesitaron mucho tiempo para enunciar su veredicto. Las hermanas serían expulsadas de la aldea, y además, cada una de ellas sería enviada muy lejos de la otra para que Lucifer, quien sin duda era la mano ejecutora de tal pecado, no tuviese oportunidad de tejer lazos malignos entre las dos muchachas.

El cielo y el mundo entero se vinieron encima de Ybna y Shima. Se arrojaron a los pies de los jueces, lloraron, suplicaron y prometieron hacer cualquier cosa a cambio de no ser separadas. Pero fue inútil. Al alba, cada una de ellas sería acompañada por un mensajero encargado de enviarlas a algún lugar lejano, sin que ninguna supiera el paradero de la otra.Y nunca más volvieron a estar juntas.

San Jorge y el Dragón

Cuando llegamos a la habitación del hotel, yo me desplomé sobre la cama exhausta. Habíamos visitado el museo del Prado por la mañana, y pretendimos, o más bien yo pretendí, ver todos los cuadros del museo en el día, lo cual lógicamente fue misión imposible. Al final la ruta turística había terminado conduciéndonos ante algunas obras puntuales que buscamos expresamente, como fueron el famoso Paraíso Perdido de André Bretón, un autorretrato de Van Dyck que llamó la atención de mi compañero, mi adorado San Jorge y el Dragón de Rubens y un por mí completamente desconocido perro semihundido de Goya.

Yo no era ninguna entendida en arte, y apostaría que él tampoco lo era, al menos en el sentido oficial de la palabra, pero de ser así lo disimulaba terriblemente bien. Mostraba predilección por cuadros en los que yo jamás me habría fijado, y hacía algún que otro comentario sobre la técnica de la pintura o sobre los efectos de sombra y luz, al tiempo que yo le escuchaba creyéndome a pies juntillas cada una de sus explicaciones.

Le admiraba, aunque al mismo tiempo se sembraba en mí una pequeña chispa de rabia por tener que ser siempre yo la que tenía algo que aprender. Recuerdo que cuando le conduje orgullosa hasta el San Jorge y el Dragón no mostró emoción alguna al verlo, de hecho ni siquiera había oído hablar de él. A mí ese cuadro me maravilló desde el primer momento en que lo vi cuando una vez de pequeña mi padre me llevó al museo; una imagen cargada de colores, de acción y emoción, de furia y vida, de belleza explícita, como si el caballo de la escena fuese a salirse del cuadro y aplastarme con sus poderosas pezuñas. Que mi idolatrado maestro no compartiese conmigo tal opinión me sentó bastante mal, y como siempre, antes de decidir que aquella divergencia de opiniones no residía más que en gustos diferentes, preferí enfadarme con los argumentos de siempre: que yo no sabía nada de arte y que era una inculta, y que cómo iba a tener yo nivel para saber seleccionar un buen cuadro.

Para rematar, fue después de eso cuando él me llevó a visitar el perro semihundido. Llegamos a la zona del museo dedicada a Goya y allí estaba el perro en cuestión, al fondo de la sala. Él se sentó en un banco cercano, y se quedó en silencio, mirando ensimismado aquella pintura. Yo, para no quedarme rezagada, le imité sentándome de igual forma en el banco, y me puse a analizar minuciosamente el cuadro en busca de algún encanto oculto que sin duda se me escapaba. Mentiría si dijese que fui capaz de captar algo semejante a lo que él parecía paladear segundo a segundo. Lo cierto es que yo sólo veía pintura amarilla y ocre, con una mancha oscura que sí, podría pasar por la cabeza de un perro, pero que sin duda Rubens habría retratado muchísimo mejor. Por unos instantes, llegué a sentir celos de un cuadro.

Pero en la habitación del hotel el perro semihundido y San Jorge y el Dragón eran sólo una sombra somnolienta. Por un momento cerré los ojos y pensé que me iba a quedar dormida, tan cansada como estaba. Cuando los abrí él estaba de pie justo al borde de la cama, mirándome fijamente, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa en la cara. Me excité simplemente al verlo así, lejos de los azulejos y del mármol, los cuadros y las estatuas, con su mirada posada en mí por una vez.

Me levanté y lo besé en la boca. Y enseguida, sin preludio, las prendas comenzaron a deslizarse cuerpo abajo. No teníamos ninguna intención de prolongar el tiempo de espera por que nuestra desnudez se tocase milímetro a milímetro; no necesitábamos prolegómenos, conocíamos bien nuestro campo de batalla. El calor y el cansancio parecía exacerbar la pasión y el deseo, porque yo me sentía más excitada de lo normal, y a él le estimulaba sobremanera verme así. Cuando estábamos juntos en situaciones como aquélla, íntimas y sexuales, no le importaba otra cosa que verme excitada y húmeda.

Parecíamos dos volcanes, tanto él cuando palmeaba mis nalgas con fuerza al tiempo que me penetraba, como yo cuando le susurraba que era su puta mientras recibía las embestidas a cuatro patas, chorreando fluidos y excitada a más no poder. Le encantaba escucharme cuando yo, entre gimoteos y suspiros, le decía que sólo él sabía tratarme como lo que era, una universitaria viciosa y guarra. Era lógico que la situación fuese tan morbosa, teniendo en cuenta que todos los días él se situaba al frente de unas treinta muchachas como yo para explicarles los misterios de la neurobiología. Le encantaba sentirse dueño de mi cuerpo, y en realidad a mí me encantaba sentirme suya. A veces alternábamos, y entonces yo le mandaba ponerse de rodillas en el suelo y lamer mis pies, o le retorcía los pezones, cosa que le encantaba.

Fuese cual fuese el papel que adoptásemos, tratábamos de mantener la sensualidad, la sexualidad, el deseo, el ímpetu. En realidad era un flujo cómplice, un entenderse sin palabras ni explicaciones, una entrega mutua, un intercambio invisible. Allí, bajo el sudor, la respiración acelerada y el calor del sexo, éramos dos almas gemelas. Por superfluo que pudiera parecer, en la cama éramos un único ser.

Horas después, cuando nuestra respiración y nuestros latidos se habían calmado, descansábamos envueltos por sábanas, piel y silencio. Permanecíamos allí quietos, con la mirada fija en el techo pero perdida en nuestros mundos, sin duda muy distintos, o en la nada. Era bello que pudiesen existir esos intervalos en los que no echábamos de menos romper el silencio con palabras, como suele suceder cuando alguien no sabe o no tiene nada que decir. A veces el simple gesto de callar podía indicar muchas cosas, como la felicidad de sentirse a gusto con una persona. Pero no se trataba de amor en nuestro caso; nosotros estábamos juntos por un lazo de fuego, y por ello, las llamas terminaban extinguiéndose cuando no había leña que lo alimentase. Las cenizas de esa hoguera, los rescoldos que quedaban humeantes, consistían en la simpatía intelectual entre un hombre maduro y una chica joven que han logrado "conectar", la relación entre un profesor y su alumna predilecta. Hasta yo, que tenía cierta tendencia a enamorarme de cualquier hombre que me prestase un mínimo de atención, sabía que en ese caso mi corazón no se decidía a latir más rápido. Hasta yo sabía que mi corazón, desde su humilde lecho astillado, nunca se entregaría a un hombre que no encontrase el encanto de un San Jorge y el Dragón.

sábado, 3 de enero de 2009

Yo sé

Desconozco las ecuaciones cuadráticas, la historia de las civilizaciones, el funcionamiento de una prensa hidráulica o el fundamento del budismo. Desconozco el alemán, el francés, el griego o el árabe. Desconozco cuántos segundos tarda la luz en llegar a la tierra, o qué decía Platón desde su caverna. Desconozco el origen último de la vida. Desconozco la mayoría de las cosas que me rodean, hasta la simple razón de ser de una amapola. Pero te conozco a ti. Te veo, te escucho, te huelo, te toco, te siento. Con sólo mirarte me creo sabia. Eres el impulso vacuo de este cerebro vacío, que por vacío ansía llenarse de ti. No me importa ser la gran ignorante porque en realidad yo ya sé. Te sé a ti. Sé que no sabes lo que es el amor, pero yo lo sé. Te lo explicaré a cambio de un beso. Y cuando nuestros labios se hayan unido, y nuestras almas se toquen, te diré al oído: esto es amor. Yo lo soy, tú lo eres. Tú lo sabes, yo lo sé.

Aprovecho este texto, para poner aquí una cancioncilla que un amigo mío me enseñó tras leer mi texto, ya que me dijo que se le vino a la mente. Me resultó muy bonita, y por eso la pongo aquí:

A cantar a una niña yo le enseñaba y en cada nota un beso ella me daba. Y aprendió tanto, aprendió tanto... aprendió tantas cosas, menos el canto.

El nombre de las estrellas yo le contaba y en cada nombre un beso ella me daba. Que noche aquella, que noche aquella en que le di mil nombres a cada estrella.

El perro cojo

Os dejo a continuación la cosa más bonita y tierna que he leído nunca. Sólo os digo que la primera vez que lo leí, lloré. Quizás es porque a mi los perros me sensibilizan mucho. Se trata de un texto de un poeta granadino llamado Manuel Benítez Carrasco, por si os interesa el autor y queréis investigar más sobre él. Mi primer contacto con este texto fue gracias a un amigo sevillano que me lo puso en compact-disc recitado por el propio autor... una experiencia sublime. Espero que lo disfrutéis.

La pata coja colgando, como una inútil piltrafa, pasó un perro por mi lado.

Un perro de pobre casta, uno de esos, callejero, pobre de sangre y de estampa, nacen en cualquier rincón de perras tristes y flacas, destinados a comer basura de plaza en plaza. Si pequeños por el qué, fino y ágil de la infancia, baloncitos de peluche, tibios borlones de lana los miman, los acurrucan, los sacan al sol, les cantan ... de mayores, por el qué conque se les fue la gracia, los dejan a su ventura, mendigos de casa en casa, sus hambres por los rincones y su sed sobre las charcas...

¡Y que tristes ojos tienen! , ¡Qué recóndita mirada!, como si en ella pusieran su dolor a media asta ... y se mueren, de tristeza, a la sombra de una tapia si es que un lazo no les da una muerte anticipada.

Yo lo llamo: - ven, no te hago nada - todo hociquito curioso, toda sed, hambre, nostalgia. Un perro si se le llama, huele la voz esperando, pan, caricias o pedradas, no en vano lleva marcado un mal recuerdo en su pata.

Lo vuelvo a llamar ... , dócil a medias, avanza, moviendo el rabo con miedo y atrás las orejas gachas ... Chasco los dedos le digo - ven aquí, no te hago nada ,vamos , vamos, ven aquí - ... y ¡adiós a la desconfianza!, que ya se tiende a mis pies, a tiernos aullidos habla, ladra , para hablar más fuerte, salta, gira, gira, salta, lloran, ríen, ríen lloran, lengua, orejas, ojos, patas y el rabo es un incansable abanico de palabras ... Es su alegría tan grande que estoy seguro que canta.

Alguien le ha dicho - ven aquí, no te hago nada. Y le nacen de alegría aullidos como palabras. Sólo su patita coja, no puede decirme nada - ¿ que piedra te dejó cojo?, si, si ¡malhaya, malhaya! ... el perro me entiende, sabe que estoy maldiciendo la pedrada, esa pedrada dura que le destrozó la pata y con el rabo me está agradeciendo la lástima.

- Pero tú no te preocupes , ya no te faltará nada, yo también soy callejero, bien que de distintas plazas y a patita coja y triste, voy de jornada en jornada, las piedras que me tiraron, me dejaron coja el alma entre basuras de tierra tengo mi pan y mi almohada ... Vamos pues perrito mío, vamos ¡anda que te anda!, con nuestra cojera a cuestas con nuestra tristeza en andas; yo por mis calles oscuras, tú por tus calles calladas, tú la pedrada en el cuerpo, yo la pedrada, en el alma ... y cuando mueras amigo, yo te enterraré en mi casa, bajo un letrero que diga: - aquí yace, un amigo de mi infancia - Y en el cielo de los perros, pan tierno y carne mechada, te regalará San Roque, una muleta de plata - ...

Compañero, si los hay, amigo, dónde los haya, mi perro y yo por la vida, pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo, por más que yo lo cuidaba, el tiempo malo pasado lo dejó medio sin alma, fueron muchas hambres juntas, mucho peso para sus tres patas.

Y una mañana, en el huerto, debajo de mi ventana, lo encontré, tendido, frío, como una piedra mojada ... Como un duro musgo, el pelo con el rocío brillaba. Ya estaba mi pobre perro muerto de las cuatro patas. Hacia el cielo de los perros, se fue, anda que te anda, las orejas de relente y el hociquito de escarcha ...

Portero y dueño del cielo, San Roque en la puerta estaba, ortopédico de mimos, cirujano de palabras, bien surtido de recambios con que curar viejas taras: - Para ti tu rabo de oro, para ti un ojo de ámbar, tú tus orejas de nieve, tú, tus colmillos de escarcha, tú ... - y mi perro le reía - , tú, ... ¡tu muleta de plata!

...Ahora ya sé, por que está la noche agujereada, ¿estrellas? , ¿luceros? ¡ No ! es mi perro que cuando anda, con la muleta va haciendo, agujeritos de plata ...

Andalucía

Hace unos años estuve de viaje por Andalucía, visitando Córdoba y Sevilla. Fueron lugares que me fascinaron, tanto así, que a la vuelta me surgió este poema en recuerdo del embrujo andaluz.

Andalucía. De mi viaje por Sevilla y Córdoba.

La noche envuelve la piel de Andalucía;
faroles, geranios, cal y sentimiento,
el agua, la fuente, y la luna dormida,
olor de azahar bajo el cielo despierto.
Buscando las calles de la Judería,
se oye el silencio y retumban los pasos;
un ángel de piedra, y allá la mezquita,
romero en las riendas de viejos caballos.
Sevilla, me quise perder en tu alma
vagar por tu luz, por tu noche y tus bares;
cantar saetas a la niña Giralda,
volver al calor de tu tierra y tu sangre.
Ya el sol despeja tu sombra, Andalucía;
te levantas y te arreglas para mayo,
eres magia y corazón en demasía,
me fui de ti, mas lamenté haber marchado.

Poema a la muela del juicio

Este poema se lo dedico a la muela del juicio, mi tormento matutino de estos últimos meses...

Asquerosa, perversa, sucia

maldita protuberancia ósea

que te clavas miserable

en mi jodida boca.

No me permites pensar,

no me permites vivir,

caprichosa eliges el día

en que me haces sufrir.

Retorcida, malévola, dura

irónica, que elige con cautela

el momento inesperado, el día justo

para hacer que me cague en mis muelas.

¿Dónde estará el jucio

por el que te dieron nombre?

Para mi sólo eres una vil lunática

que atormenta al hombre.

Ojala te pudras, bueno, mejor no;

no quisiera imaginarte en ese estado

y a su vez, mi aliento putrefacto

diciendo buenos días al cirujano.

Ahí te quedas, maldita muela

me voy a por mi ibuprofeno,

a ver si con un poco de suerte

a este dolor logro poner freno.

Los Estumedis

Amanece en la Facultad de Medicina de Valladolid, rico nicho biológico que acoge a cientos de especies y presume de la mayor biodiversidad de todas las facultades españolas. Para no cansar al lector, nos referiremos a ella como FMV.

Los primeros en abrir sus ojos al nuevo día son los Estudiantes de Palencia, que a partir de ahora conoceremos como Estupales. Los Estupales están acostumbrados a madrugar, algunos más que otros, y son reconocibles porque siempre llegan a la facultad en masa escupidos por un autobús.

Antiguamente sólo había una raza de Estupales, los Acup; sin embargo hace no mucho tiempo se escindió de ellos una nueva familia, denominada Regional, más avanzada; desde su existencia, los Estupales están algo menos organizados, y acuden a la facultad en masas menos concurridas de gente.Pero no son los Estupales la única raza que encontramos en la FMV, ésta es sólo la más madrugadora.

A medida que nos adentramos en la rutina de un día cualquiera, vamos conociendo a otras especies. La más importante por número, que no por calidad, es la de los Estudiantes de Valladolid, que conocemos con el nombre de Estuvales.A pesar de la semejanza cacofónica, los Estupales y los Estuvales son muy diferentes. A los Estuvales se los distingue con facilidad entre la fauna universitaria por su vestimenta de corte pijo. Suelen ser bastante homogéneos, sobre todo las hembras, cuya época de celo se prolonga los 365 días del año, 366 si es bisiesto. Para atraer a los machos, las Estuvales hembra se acicalan con maquillajes varios y prendas cada cual más llamativa. Faldas muy cortas, botas de tacón alto, escotes prominentes.

Los Estuvales macho son más heterogéneos en su vestimenta, por lo que dentro de ellos se han determinado algunas subfamilias. El Estuval porcinis es una raza caracterizada por su falta de aseo, suelen vestir la misma ropa varios días a la semana, y casi todos ellos llevan el pelo largo. No obstante, no caiga el lector en el error de catalogar como Estuvales porcinis a todos los individuos masculinos con cabellera larga.

El Estuval pijis es el análogo en varón a la Estuval hembra. Generalmente son hijos de médicos, están al tanto de todas las fiestas y movidas y nunca usan mochila. Jamás se los ve con libros de medicina, como mucho una delgada carpeta y un bolígrafo en el bolsillo trasero del pantalón. Su aspecto es engañoso, a simple vista se diría que son juerguistas y poco estudiantes, ya que se los puede ver en múltiples ocasiones reunidos en la cafetería de la facultad jugando al mus, y por sus alardes constantes de resaca, de no haber empezado a estudiar una semana antes del examen o de pasar de la asignatura. Sin embargo, paradójicamente, suelen ser los que mejores notas sacan.

En la cafetería, que es el microclima más solicitado en los períodos no productivos de esta fauna universitaria, las Estuvales hembra y los pijis se reúnen en círculos herméticos, permitiendo en muy raras y excepcionales ocasiones la entrada o acercamiento de un Estuval comunis o de algún Estupal.Sin embargo hay más especies. No hemos mecionado a los Estujeros, que son los estudiantes que vienen de otras provincias o comunidades autónomas. Hay Estujeros menores, que pueden ser considerados primos hermanos de los Estupales, y Estujeros mayores, que proceden de lugares lejanos. Tanto los mayores como los menores habitan en nichos ecológicos específicos llamados Residencias Universitarias, y pocas veces se integran con los Estuvales, a no ser que adopten sus mismos hábitos y costumbres.

Los Estuvales empollis son la clase selecta de la facultad, aquéllos que cuentan con los favores de los profesores, conocen los misterios de los horarios de prácticas y seminarios, saben siempre en qué momento hay alguna conferencia o curso extraoficial, y están versados en el conocimiento de cualquier actividad que suponga una mejora en el expediente académico.

Los empollis, por desgracia, también están subdivididos. Se habla de géneros para calificarlos, y así, tenemos el Estuval empollis del género obscurito, del género avarus y del género tolerabilis.Brevemente, diremos que el Estuval obscurito es aquél que, en su raza, pasa más o menos desapercibido. Se busca él solo la vida y muy raras veces acude a alguien para solucionar sus problemas. Ni qué decir tiene que es el género marginado de la facultad, aunque podría decirse que se trata de un ostracismo autoimpuesto, ya que ellos mismos reniegan de la compañía de otros Estuvales, especialmente si son hembras, porcinis o pijis. De vez en cuando pueden entablar relación con algún Estupal o Estujero.Los avarus son la peor raza, la más feroz y carnívora, la más peligrosa. Actúan sutilmente, como felinos; siempre van cargados de libros sacados de la biblioteca, y están alerta en todo momento. Para ellos, cualquier otro mamífero universitario es un enemigo, y aunque suelen formar grupos reducidos sólidos, también se atacan entre ellos. Pero siempre de forma sutil y velada.

Parémonos a analizar un poco más a este género tan interesante. Su táctica favorita para despistar al enemigo consiste en cambiar de sitio los libros más solicitados de la biblioteca, escondiéndolos en escondrijos que sólo ellos conocen. A veces se alían entre dos (tres como mucho) para turnarse el préstamo de un libro eternamente, el cual puede considerarse inalcanzable hasta pasados los exámenes.Sin embargo esta es una técnica no muy agresiva para el resto de Estumedis (que es el nombre genérico que se da a cualquier estudiante de la FMV). La peor y más dañina consiste en la distribución de apuntes tóxicos, esto es, apuntes mal tomados y con erratas intencionadas, que conceden a sus compañeros con un gran y falso altruismo. Si se les pide apuntes prestados, sólo se puede esperar de ellos dos cosas: o una evasión del favor (es que no los tengo aquí, es que me los he dejado en el pueblo, es que no he copiado casi nada, es que me los comió el perro) o unos apuntes mortíferos.

Los Estumedis son en verdad una fauna digna de estudio, pero hay pocos conocimientos aún sobre la materia. En breve, gracias a un nuevo proyecto de investigación a cargo del Instituto DarkyTech, podremos ir conociendo más y mejor a estos simpáticos individuos que algún día se convertirán en una de las más temidas y odiadas razas de la Humanidad: los Médicos.

viernes, 2 de enero de 2009

Pequeños chutes de felicidad

El otro día caminaba por la calle mayor de vuelta a casa. Estaba atardeciendo ya, y en el ambiente quedaban los restos del frío glacial del pasado invierno, mezclados con un tierno e incipiente tiempo primaveral, inusitado, que teñía el cielo de colores malva y azul claro. Caminando por aquellos soportales repletos de gente, a paso ligero, miles de olores llegaban a mis fosas nasales. Mujeres perfumadas hasta la saciedad, la tienda de buñuelos plantada en medio de la calle despidiendo un aroma a golosina y aceite requemado que a la vez abría el apetito y lo quitaba, el humo de los automóviles y los extractores de los restaurantes, el puro habano del hombre que caminaba delante de mí, las castañas asadas, mi propio pelo recién lavado cuando la brisa lo depositaba sobre mi nariz... la tarde. Sí, esa tarde tenía su propio olor, más allá de la suma de cada uno de los olores individuales, una esencia indefinible e inolvidable. Dicen que el sentido del olfato es mucho más poderoso que el de la vista o el oído, y ciertamente es así. ¿Quién no ha sentido el corazón dar un vuelco cuando, al percibir ese perfume olvidado, recuerda al viejo amor o aquéllas vacaciones en las islas...? De igual forma, yo evoco las piedras y el calor griego cuando huelo en alguien la colonia que mi madre solía ponerse cuando íbamos a visitar las ruinas; me viene al alma el rostro de mi gran amor imposible al cruzarme con ese muchacho impregnado en Loewe. Y porque el olfato es tan poderoso, aquella amalgama de olores en la calle mayor se coló dentro de mí y me hizo tomar conciencia de algo que, en otras circunstancias y quizás bajo otro estado de ánimo, habría sido simplemente un rutinario paseo más desde el centro de la ciudad hasta mi casa. Me percaté de la tarde en sí misma como entidad, no de sus objetos y sus escenarios. Contemplé el panorama que me rodeaba de una forma diferente a la habitual, mirándolo casi sin verlo, al igual que se distorsiona la dimensión de los objetos cuando se los mira desde una posición muy cercana o muy lejana. No se trataba de observar plano a plano el rostro o la ropa de cada persona con la que te cruzabas, o el no pisar el borde de las baldosas impares en cada paso; tampoco consistía en mirarse a uno mismo en el escaparate o en el portal con cristal de espejo. No era mirar de soslayo las revistas en el kiosko y apartar la vista cuando uno se percataba de que eran de contenido explícito; tampoco se seguía con la mirada a ese coche que circulaba a toda velocidad, o al dichoso niño que teniendo toda la calle para él iba a colarse por debajo de tus piernas. Se trataba de convertir todos esos detalles instantáneos en una única imagen, empujarla más allá de la visión, y transformarla en un paisaje contemplado desde el propio yo, como si ese yo se encontrase en otro plano diferente del espacio. De esa forma, los contornos de la ciudad pasaban a tomar otros colores, y el cielo emergía entre los dos márgenes de la calle mayor. La realidad pasaba a ser una postal, y como tal, se la contemplaba con un pensamiento idílico y para qué negarlo, diferente de como es. Me dio por respirar profundamente y captar todo el aire posible, y aquello me llenó de una vitalidad inusitada, como si en cada centímetro cúbico de aire inspirado se encontrase impregnado un trocito de bienestar, y a mayor inhalación, la sensación se hiciese más placentera. Así, la propia brisa se convertía en una especie de opio que me hacía ignorar a todo el mundo, y caminar con los ojos perdidos en el infinito, guiándome por la calle tan sólo con esa visión lateral que torna las cosas borrosas e imperceptibles, suficiente para no darme de bruces con nadie ni con nada. Y suficiente para dejar que a mi pupila llegara centrada sólo esa percepción que acababa de descubrir, y que pronto se desvanecería. Pensé que quizás el placer de llegar a ese estado de abstracción residiese en su corta duración, puesto que las sensaciones verdaderamente placenteras se caracterizan por su intensidad y por su brevedad. Nunca podrán ser eternas, ya que en ese caso perderían su cualidad, y otras opuestas pasarían a ser las anheladas. También pensé que quizás estaba un poco loca, y que cosas así sólo me podían pasar a mí o a una mente que no tiene cosas más trascendentales de las cuales ocuparse. Pero de ser así, me puedo considerar afortunada de tener esa locura particular que es capaz de regalarme de vez en cuando estos pequeños chutes de felicidad.

Agua

El día de Navidad estuve en un spa (ya sabéis, esos balnearios donde hay piscinas, chorros de agua, masajes, etc), y me vinieron a la mente estos versos... Creo que se nota que soy Piscis, estoy como pez en el agua.

Agua. Todo es agua.

Crepita en mis venas el licor invisible,

las burbujas de cristal disuelto

se empujan entre carne y huesos,

rugen más fuertes que el volcán,

acarician suaves como el viento.

Soy el líquido elemento, soy agua.

Soy el reflejo de la transparencia infinita,

el lamento cálido del aliento frío.

Estoy ahí, escondida en la corriente

dibujada por la inmensidad que fluye

entre mis piernas, entre mis brazos,

como tu boca, como tus brazos.

Soy la fuerza, la presencia.

El fluir incesante de la vida misma,

el nacer de un sentimiento, el morir de otro.

Soy el agua que mueve el universo.

Agua. Todo es agua.

Infinita, diáfana, transparente, líquida,

como el cielo montado a caballo,

el llanto y la risa de la madre tierra.

Tú y mi boca, mi piel, mis ojos,

amantes desde el tiempo remoto.

Retumbando en la altitud

caes bendita sobre nosotros.

Ich liebe dich

El alemán, por completo desconocido para mí. El inglés, del que sabía mucho cuando era adolescente, un tanto oxidado. Francés, escaso. Pero no escribo este post para hablar de los idiomas que no sé. Es un post para hablar del amor, o de la amistad, o de todo aquello que nos hace pensar que alguien es especial. A veces hacemos introspección y nos encontramos perdidos en relaciones perniciosas que nos quitan el sueño, nos angustian, nos corroen de celos o de incertidumbre. Relaciones insanas, dañinas. Creemos que al sentirnos así estamos amando con todas nuestras fuerzas, pero lo único que hacemos es consumirnos, y desgastarnos. Alguien que nos hace sentir así, no puede ser especial. Alguien es especial cuando consigue, aun sin proponérselo, lograr un cambio positivo en nosotros. Una persona que, por su forma de ver la vida y de mostrártela, te hace sonreír en lugar de llorar. Alguien que, por su sabiduría y su cultura, te inculca cierto ímpetu por aprender más. Un individuo que, por su fé, te hace creer. Un ser que, al compartir su alma contigo, hace crecer la tuya. Hace poco he conocido a alguien especial. Me aportó el deseo de aprender alemán. Ese es su regalo, algo que no tenía hace poco. Aunque algunos no lo sepáis, poseer el deseo de aprender algo nuevo es el mayor tesoro con que cuenta una persona para seguir creciendo. Y mis primeras palabras aprendidas han sido esas: ich liebe dich, te quiero. ¿Qué mejor forma para comenzar un idioma?

Feliz año... ¿hasta cuándo?

Es una pregunta que siempre me ha inquietado. ¿Qué momento es el correcto para considerar que ya no es necesario felicitar el año nuevo a cuantos te encuentres por la calle?

A mi no me importa felicitar el año a gente que me es indiferente, de hecho es divertido y sobre todo una forma de ser sociable, porque durante unos segundos te acercas un poco a esa persona con ese motivo común: el año que ha llegado.

Suenan las campanadas, el móvil revienta de mensajes procedentes de seres queridos, y de otros seres de los que no sabíamos nada desde las campanadas del año anterior. Algunos mensajes son los clásicos de la mente carente de imaginación que aborrece las fechas y no sabe qué decir: "Te deseo un feliz 2009 a ti y tu seres queridos". Otros son más depresivos: "Que se acaben estas putas fiestas de una vez, y feliz año". Algunos muy divertidos circulan de una persona a otra hasta que se convierten en el mensaje de moda de esa nochevieja, como el típico del cepillo de dientes (un buen mango, mucha pasta y que te cepillen tres veces al día). Lo que viene a continuación es la juerga por los bares, las felicitaciones múltiples a todo bicho viviente que uno se cruza por la calle... que se hacen más amistosas cuanto más va subiendo el nivel de alcohol en sangre.

Al día siguiente, con la borrachera, no le deseas feliz año a nadie. Sólo quieres dormir tirado en el sofá. Pero pasado ese sagrado día de reconstitución física, para lograr reincorporarse a la vida rutinaria y laboral del día 2, se retoman las felicitaciones. Feliz año a los vecinos en el portal, al kioskero, al panadero, a la cajera del supermercado, al empleado del banco, al jefe, a los compañeros de trabajo, a todo el mundo.

Conforme pasan los días, van quedando felicitados todos los seres de nuestro entorno más cercano. Pero claro, también debe felicitarse a la gente con la que no te habías cruzado hasta entonces. Feliz año, Feliz año. ¿Y qué sucede cuando a la persona que no habías visto, te la encuentras en Febrero, o en Marzo? ¿Para esa ya no hay feliz año? ¡Qué angustia vital! ¿Debe uno dar por zanjado el Feliz Año el día 31 de Enero, o existe algún protocolo que establezca cuándo está bien y cuándo no?

¡Que alguien me aclare esta duda, por clemencia!

Sociedad deshumanizada

Muchas veces me pregunto si la sociedad que nos rodea hoy día se parece en algo a la que existió siglos antes. Y no me refiero a la sociedad en el sentido tecnológico, sino en el sentido humano. Hoy día parece que el sentido del hombre es la ambición, el éxito, el progreso… llevándose por delante cuanto se ponga por delante. La palabra con la que mejor defino al ser humano es Maldad. ¿Siempre fuimos malos? ¿Es una cualidad que se nos ha ido potenciando con el tiempo? Basta con ver un momento la televisión para darnos cuenta de que la mayor parte de las manifestaciones del hombre son maldad. Son excepcionales los actos bondadosos, tanto, que cuando los vemos nos maravillamos y decimos: ¡Qué buena persona es!

Caminamos por la calle, y si nos saluda alguien que no conocemos inmediatamente buscamos una explicación que encaje en nuestra lógica hermética de sociedad cerrada en sí misma: me habrá confundido con otra persona, estará loco. Miramos mal al individuo que se nos acerca y nos comenta qué buen día hace, o que nos da conversación en el autobús. Sí, basta con ver un momento cualquier transporte público para darnos cuenta de la maldad en los rostros de la gente. Caras serias, incluso hostiles, que nos avisan de antemano que aquello es territorio privado.

Se hacen populares personajes de televisión que son desagradables, obscenos e insultantes; valga como ejemplo cierto doctor carismático que circula por boca de todos. Admiramos precisamente las cualidades que aborrecemos. Hoy día parece que está de moda ser borde, o hacer uso desmedido de la ironía y el sarcasmo para parecer alguien genial, cool, inteligente. Opino que ambos recursos literarios no son más que formas veladas para dar rienda suelta a la maldad de una forma políticamente correcta. Esa maldad que la sociedad tolera, permite, disimula, consiente, promueve.

¿Yo soy mala? Claro. Todos lo somos. Y todos somos buenos en realidad. Hasta el mayor asesino despiadado tiene sus momentos de benevolencia. Quizás no es la maldad un problema del individuo, sino del conjunto social que nos guía hacia un lado u otro como una marea inexorable.

Valga esto como reflexión para el año nuevo que entra… ¿Será posible hacer de este mundo un lugar mejor poniendo nuestro pequeño granito de arena? Claro que sí. La próxima vez que alguien desconocido os salude por la calle… no hagáis cábalas sobre quién será, o por qué os saluda. Decidle hasta luego con una sonrisa en el rostro. Es gratis y no hace daño. Quién sabe, quizás tiempo después esa persona os salve la vida, o la de vuestros hijos. Todos somos potenciales personas importantes en la vida de los demás… qué menos que una salutación conmemorativa.

jueves, 1 de enero de 2009

Agradecimientos (irónicos) a mi facultad

Quiero aprovechar este momento de asueto para agradecer profundamente a la Facultad de Medicina de Valladolid todas las grandes cosas que me ha aportado desde que atravesé por primera vezsus puertas, hace unos ocho años.

Doy las gracias a los malditos veteranos que me cubrieron de una costra parduzcacompuesta de nescafé, mahonesa, mostaza, colacao y huevos.También agradezo a lacabrona de estadística las diarreas que me provocó su infausta forma de darclase, al catedrático de anatomía el trauma psicológico que causó en algunos demis compañeros, al de historia de la medicina el haber perdido cincuenta horasde mi vida en una asignatura de la que no recuerdo nada.

Doy las gracias a Constancio, gracias a quien cogí auténtico asco a lanefrología por su despreciable forma de destrozar la explicación del filtradoglomerular; también a esos fisiólogos que año tras año hacen imposiblecomprender cómo carajo funciona el sistema nervioso. Gracias, cómo no, a laenana de genética que en su casa se masturba pensando en cuántos suspenderá enexámenes.

Doy las gracias a don Alfonso Velasco, por convertir la Farmacología en la cosamás horrible que alguien tuvo que estudiar jamás y a su compañero Zarate por irde majo y luego clavártela en el examen. Agradezco a Jover lo simpático que eraen sus clases y explicando dudas. A Silvia, la de psicología, que me ayudara acomprender mariconadas freudianas, pero lo que es psicología, nada de nada.

Doy las gracias a Don Carlos Pastor por ese pedazo 10 que he sacado enoftalmología y no haberme dado matrícula, así como al auténtico pánico que nosprovocaban sus clases, sus finas ironías galaicas, sus malditas prácticasvoluntarias, seminarios, sesiones clínicas, trabajitos varios etc, etc etc. Losde respiratorio ni me van ni me vienen, así que a esos nada. Y cómo no darle lasgracias a Vaquero, por su agradable machismo, sus estupideces varias y lamadurez con la que afronta no haber sido elegido jamás para salir en la foto dela orla.

Doy las gracias al de toxicología, por haberme estudiado su asignatura pensandoque iba a ponerme test, y ponerme temas. También se las doy a don '¿Estáclarito?' por hacerme entender que los españoles no somos más que unossubpirinaicos y que la culpa de todo en este mundo es de los romanos, así comopor haberme demostrado que es posible tirarse toda una asignatura hablando sindecir nada.

Doy las gracias al gordo cabrón de pediatría y a la auténticamente grácil, queestán encantados de la vida de conocerse y de enseñarnos cuanto saben, al tiempoque responden nuestras dudas con una desagradable prepotencia y mal humor.También a Ardura, por explicar vida y milagros de exantemáticas y preguntar elniño normal en el examen.

Finalmente doy las gracias al ilustrísimo señor Decano, por ser tan amable deponernos todo tipo de inconvenientes a los pringados de academia MIR, dado queya no aportamos un duro a su soberano trasero.

No daré aquí las gracias a esos que no se lo merecen en absoluto. Esos que mehicieron sentir que no perdía el tiempo yendo a sus clases, aquellos gracias alos cuales entendí algo de medicina. A Corell, por su dedicación a sus alumnos yla docencia, a Caro Patón por explicar digestivo como debe explicarse, a Moro yGato por sus ilustradoras clases de Anatomía, a Eiros por guapo, a Landinez porentrañable, a Palencia por hacer posible tomar apuntes, y otros tantos... a esosya les dedicaré mis guardias de urgencias, ya que seguramente entonces meacordaré más de ellos.

Opinando sobre... Dexter

Una de mis grandes revelaciones televisivas fue Dexter. Lo cierto es que el título de la serie nunca me sugirió nada antes de conocerla, y de hecho nunca me hubiese imaginado que la trama giraba en torno aun asesino en serie. Fue a partir del consejo de una buena amiga que empecé averla, y desde entonces soy adicta total. La idea de un asesino que se carga a los malos no es nueva; son muchas laspelículas que han retorcido el tema hasta la saciedad. Sin embargo no hay tantasseries que nos hagan empatizar con un “carnicero”. Porque los asesinos nos caenmal, pero cuando el asesino se carga a la escoria de la sociedad... eso nos daqué pensar. Lo que más curioso me resulta de la serie es esa extraña sensación apacible queme transmite el protagonista mientras relata en sus reflexiones la clase depersona que es, y cómo planificará su siguiente crimen (qué irónico). Me gustaque no se anden con zarandajas si quieren mostrar a Dexter pasando el bisturípor la cara de su víctima, o que enfoquen un primer plano del vómito de Harrycayendo al suelo. Han dado en el clavo incluso con el protagonista. Un Mike C. Hall más maduro,lejos del tímido personaje de "A dos metros bajo tierra" (aunque con ciertasreminiscencias en el estilo macabro de aquella serie), se convierte en elperfecto psicópata. Me parece bien que no hayan optado por el típico guaperas. Lo que sí he visto por la red son bastantes críticas al doblaje español de laserie. Hay gente que defiende mucho más la versión original, y no sin razón,porque con el doblaje se pierden ciertas frases en castellano que sueltan de vezen cuando los personajes, lo cual tiene su gracia. Es cierto que la voz naturalde Mike no tiene nada que ver con la que le ponen doblada, pero a mi me parecemuy acertado ese tono de niño malo que le han escogido. Pero bueno, para gustosestán los colores. Lo que está claro es que Dexter no gusta a todo el mundo. A mi madre mismamentele horroriza, pero es que ella no entiende (¿alguna madre lo hace?). Comprendolas razones de quien pueda aborrecer la serie, pero si ésta no tuviese ciertoatractivo no se habría convertido en el éxito que es, aunque a lo mejor los quevemos la serie también tenemos un puntito psicópata.Pues nada, si no la habéis visto aún, os animo a que lo hagáis para que podáisopinar.

Opinando sobre... El internado

A pesar de que soy ferviente seguidora de la serie, debo decir que ya huele la tostada. En realidad se veía venir desde el primer episodio que esta serie sería el nunca acabar, pero te dejas engañar, porque también tiene su gracia eso de tener un aliciente para el miércoles noche. El argumento prometía mucho, pero ha perdido el norte. Vamos por la tercera temporada y todavía no se ha desvelado prácticamente nada del misterio original, a la par que van surgiendo miles de enigmas paralelos adicionales que, lejos de tranquilizarte, te ponen de más mala leche. Pues anda que no han mareado la perdiz hasta dejarnos caer que Héctor de La Vega es en realidad Samuel Espí. Cuarenta minutos de cada capítulo los dedican a explayarse con detalles que no nos importan, como los celos del profesor de gimnasia borracho o las reflexiones de las dos niñas rubias que sí, tienen su gracia, pero no nos aportan chicha ni limoná. Los diez restantes son para desvelar una milésima parte de la trama, que a la vez que te explica algunas cosas, te plantea una media de cincuenta preguntas más. Por si fuera poco alucinante que una alumna viera a los muertos al modo Jennifer Love Hewitt ibérico, ahora nos meten al primer novio de la chacha en plantilla y a un profesor bizco con unos abdominales incongruentes con su profesión, con un hijo que tiene sueños premonitorios. La verdad es que ese internado parece un circo. Tampoco me hace mucha gracia el cocinero espía. Me pregunto de dónde sacará tiempo para combinar sus excursiones al estilo James Bond con cocinar para todo el colegio. Tampoco sé por qué siempre me han resultado tan ridículos los personajes españoles empuñando pistolas. En las series americanas intimidan mucho más, quizás porque allí están más acostumbrados a las armas. Repentinamente la profesora de los niños pequeños, que iba de buenecita y simpática, está metida en todo el fregado. Ahí no se salva ni el apuntador, oigan. No me sorprendería que al final el cerebro organizador de todo el misterio fuese el mismísimo Javier Holgado (ya saben, ese niño cabrón que martiriza a la hermana de Marcos). Eso sí, el que no tiene desperdicio es el Marquitos. ¡Cómo se cuida esta juventud! De esos no había en mi colegio. Eso es un chico guapo, sí señor. La pena es que en cuanto abre la boca pierde el 75% de su atractivo, pero ¡qué demonios! tampoco le querría para hablar precisamente...

Documental: la tierra sin habitantes.

Ayer estuvie viendo un documental en el canal plus que me pareció muy interesante. En él recreaban cómo evolucionaría la tierra después de que la humanidad se extinguiese (en el hipotético caso de que eso pasara, que no va a pasar, ¡nada más lejos!). Iban narrando el estado del planeta y de ciertos lugares emblemáticos con el transcurso de 25, 200, 2000 años sucesivamente. No vi el comienzo del reportaje, así que no sé bajo qué hipótesis aniquilan al ser humano. Os hago un resumen, y si tenéis ocasión, os recomiendo que lo veais. Algunos de los edificios que más resistirían serían paradójicamente los más viejos, como la Gran Muralla China o el Partenón. En unos 25 años la selva habría cubierto casi por completo grandes ciudades como Nueva York, y el desierto habría invadido Las Vegas. La presa Hoover, un inmenso depósito hídrico situado en el curso del río Colorado (esa que sale en las películas), también terminaría cediendo al paso del tiempo. La explicación que dieron en el reportaje fue que un masivo deshielo aguas arriba aportaría una ingente y brusca cantidad de agua a otras presas situadas anteriormente en el trayecto del río, las cuales no están preparadas para un caudal de esas características. Por un cambio de presiones (que no terminé de entender del todo), se generarían burbujas en el agua que terminarían por destrozar la armadura de hierro que sustenta esas presas, haciéndolas estallar. Todo el agua contenida se desbordaría, y alcanzaría la presa Hoover con gran velocidad y fuerza, siendo ese su fin. El entramado de la torre Eiffel, hecho de vigas de hierro, terminaría oxidándose y debilitándose. Los golpes de viento sobre su vértice terminarían desplomándolo sobre el suelo. La Estatua de la Libertad está cubierta en su superficie por chapas de cobre altamente resistentes, pero su esqueleto es también de hierro, por lo que lo primero en derrumbarse sería la antorcha y el brazo que la sujeta. Después caería la cabeza. Finalmente el resto del cuerpo, y curiosamente lo que más aguantaría en pie sería la base de piedra de la estatua. Los animales habrían resistido lo que no hicimos nosotros; especies que los humanos tardamos siglos en domesticar, en poco tiempo volverían a hacerse salvajes (el clásico cerdo rosa pronto se convertiría en algo parecido a un jabalí). Las ballenas volverían a proliferar, al haberse detenido el ruido de los motores de barcos que interferían con sus cánticos de apareamiento. La tierra, con el tiempo suficiente, se habrá desecho de toda la contaminación, incluso de los residuos radiactivos que dejamos en ella. Al paso de 2000 años estará más alejada del sol, con lo que se harán más frecuentes los glaciares, las grandes heladas que arrasarán con los vestigios que pudieran quedar de civilización. ¿Sabéis lo más curioso? La luna no tiene esta capacidad para regenerarse; hay cráteres en ella que han permanecido invariables durante millones de años. Lo que allí queda de nosotros, la famosa huella de Neil Armstrong, la bandera de Estados Unidos... seguirán hasta el fin de los tiempos. Es curioso que el único resto que quedará de la humanidad en el universo, no estará en la Tierra. La reflexión final: la Tierra es autosuficiente. Será capaz de sobrevivir resurgir en sí misma sin nosotros, y con más fuerza. Sin embargo, nosotros no podemos sobrevivir sin ella.