martes, 30 de junio de 2009

Una tarde...

Su mano era una nota, el acorde en un pentagrama de piel para una melodía marchita. Un sonido tenue en una tarde en que dos mentes habían olvidado sus sueños. Deslizarse por la carne no era algo nuevo, era simplemente un olvido del por qué y del hasta cuándo. Era una cita íntima con los sentidos de dos almas que están cansadas de sentir.

Los pies mecidos por el agua del embarcadero, el pelo removido por una dulce brisa de bosque y el reflejo tenue de la tarde en los brazos eran una parte más de aquel concierto. Tocar la madera bajo las manos, sus astillas duras tan conocidas, y escuchar un pájaro perdido al fondo suponían el preludio.

Era esa silenciosa tristeza la que convertía el paraje en algo bello. Esa aparente quietud del embalse que no espera barcas ni pescadores, tan sólo aguas turbias al fondo, y juncos frondosos, o algun nenúfar. La calma de no esperar ningún beso, pero recibir a cambio un aliento que suspira o un roce esquivo.

Reflexiones en el saliente de la peor guardia del mes

martes, 23 de junio de 2009

La doble moral en la prevención de riesgos laborales

Me gustaría contaros esta anécdota que sucedió ayer en mi servicio de urgencias, para que reflexionéis y opinéis al respecto.Yo no la viví en directo, pero una compañera mía, que fue testigo, me lo contó.

Por la mañana, en medio de la rutina en la zona de boxes, apareció un individuo VIH y VHC (hepatitis C) positivos solicitando recetas de psicofármacos. Como es lógico, se le negaron, y ante la negativa éste se tiró al suelo y empezó a fingir que convulsionaba. Una enfermera tuvo la desafortunada idea de tirarle un vaso de agua a la cara, con lo cual el tipo se enfureció, se levantó, y comenzó a amenazar a todos los que estaban presentes.

Poco tiempo después apareció un guarda de seguridad, que se encargó de reducir al sujeto (no sin dificultades), y éste, estando a escasos centímetros de distancia del guarda, le escupió directamente en un ojo.

Por una desagradable coincidencia, el escupitajo fue a parar a un ojo con un reciente transplante de córnea, en tratamiento con colirios inmunosupresores (es decir, un ojo con defensas bajas y con sus barreras mecánicas protectoras alteradas).

La postura del servicio de prevención de riesgos laborales del hospital fue la siguiente: al no tratarse de personal hospitalario (se trata de una empresa privada contratada por el hospital), no se hacían cargo de la situación.

Los compañeros del servicio de urgencias, indignados, tuvieron que mover hilos y hablar con fulanitos y menganitos alegando que este guarda había logrado reducir al sujeto en cuestión y que si no hubiera sido por él no sabían lo que podría haber llegado a suceder.

Aunque al final creo que se tomaron medidas, y el guarda no necesitó tratamiento con antirretrovirales, no deja de ser significativa la postura inicial del servicio de prevención, el cual, por otro lado, pretende darnos una charla mañana sobre este mismo tema a los residentes de primer año.

¿Qué os parece?

viernes, 19 de junio de 2009

El letargo

Llevo varios días con cierto desasosiego en lo que a mi productividad blogguera se refiere. No quisiera convertir Letras Torcidas en un espacio monotemático que sólo trate de medicina, precisamente porque mi objetivo primordial es cultivar otros aspectos de mi vida más humanistas, por decirlo de algún modo. Es decir: el placer de escribir por escribir, sin tener nada particular que contar. Sin embargo estos últimos días no he conseguido mi propósito, precisamente porque las 24 horas del día tengo la medicina en mi cabeza.

Estar todos los días en urgencias, y aderezar eso con unas cuantas guardias de 24 horas de más urgencias, deja poco espacio cerebral para el asueto literario. A pesar de que siempre me resultó terapéutico escribir sobre la nada en la que me ensimismo de vez en cuando, no dejan de regresar a mi mente fogonazos hiperpotasémicos, oxigenoterápicos, babinskianos o diarreicos. Así no hay quien se evada.

Estos dos primeros meses de rotación de puerta prometen dejar mi creación literaria reducida a cero, aunque con este post sólo pretendo avisar de que no permaneceré en letargo mucho tiempo. Presiento que dentro de poco volveré a sentir esa necesidad que me apremia a veces, esa angustia vital que debo canalizar en forma de textos sin finalidad aparente, como simples medios de catarsis.

Echo de menos divagar sobre aquella nube que se me antojó rosa, o sobre esas gotas de lluvia que refrescaron mi piel caliente, o sobre mis ganas de reír, de saborear una cerveza bien fría bajo la brisa vespertina de una tarde de verano.

lunes, 15 de junio de 2009

Los momentos reconfortantes de la profesión médica

Hay pequeños momentos en los que, por suerte, uno puede recordar por qué se empeñó tanto en estudiar medicina. El otro día tuve ocasión de vivir uno de ellos.

Se trataba de un paciente oncológico, con cáncer digestivo y metástasis hepáticas en tratamiento quimioterápico, que acudía a urgencias por fiebre de cuatro días. Un hombre sereno y amable, que en cuanto comencé a historiar lo primero que me preguntó fue: ¿Cómo te llamas?. Le di mi nombre, y proseguí con el interrogatorio y la exploración.

Y creo que fue entre el reflejo rotuliano y el babinsky cuando comentó, escondido bajo aquella mascarilla que le ocultaba prácticamente toda la cara: "Vanessa, tú eres una médico vocacional". No era una pregunta, era una afirmación. Y a mi me recorrió un escalofrío por la espina dorsal. De emoción.

Le estuve contando que siempre había querido ser médico, desde niña, y el hombre asentía, con una tranquilidad pasmosa y envidiable.

- Tengo buenas noticias para usted, Luis (el nombre es ficticio): No tiene neutropenia, así que puede quitarse la mascarilla. Pero hay que seguir investigando el por qué de su fiebre.

Le estuve explicando el significado de todo aquello, y el resto de pasos a seguir en su estancia por urgencias. Tanto él como su hija, que estuvo a su lado en todo momento, me miraban y asentían con gesto agradecido. Y yo al fin sentí eso por lo que llevo tantos años estudiando: sentí que era médico. Pude ver que sus ojos se humedecían (imagino que emocionado por saber que todavía no había llegado su hora). Lo que ya no sé es si él pudo darse cuenta de que los míos también comenzaban a brillar, y que por ello me excusé aludiendo que tenía otros pacientes que ver.

Al final del día se llevaron a mi fascinante paciente para la sala de observación. No pude evitar acercarme para despedirme de él y desearle que todo fuera bien. Sus últimas palabras fueron acompañadas de un apretón de manos: "Ha sido un placer conocerte, Vanessa".

Y qué duda cabe que el placer había sido mutuo.

lunes, 8 de junio de 2009

No me dejan disfrutar

Mi paso por urgencias está siendo una sucesión de días agobiantes, debido a la sobrecarga de pacientes que tiene mi hospital y a mi inexperiencia como médico. Pero a pesar de ello, hay momentos en los que me siento satisfecha: una neumonía diagnosticada y tratada, una mujer que te da las gracias por tu buen trato, un día en que das el alta a todos los pacientes que ves sin dar demasiadas vueltas...

Los días que no ando como un pato mareado buscando adjuntos y pensando qué hacer con los pacientes, disfruto. Me siento viva y me veo al fin haciendo aquello por lo que tantos años luché. Pero no me dejan disfrutar.

Una sucesión de adjuntos malhumorados y desagradables me ponen la zancadilla para que le vaya cogiendo un poquito más de manía a la urgencia cada día que pasa. Yo pongo mi mejor sonrisa, mi mejor predisposición, mi mejor ánimo... y ellos te responden con evasivas y borderías. ¿Es que ya no se acuerdan de sus comienzos? Si no fuera por esos elementos ajenos que alteran mi paz espiritual, y si no fuera porque ahora mismo, como R1, soy totalmente dependiente de esas personas... me lo pasaría como una enana.

La impotencia por estar perdida en cosas básicas (dónde colocar las hojas de tratamiento, cómo dirigirse a las enfermeras para que no se piensen que eres idiota, cómo adivinar si un paciente tiene algo grave o sólamente padece una 'naditis' crónica...). Comprendo que en los días en que hay tantos pacientes resulta muy difícil que los adjuntos nos expliquen cosas, pero hay formas y formas.

Hay quien puede decir que esta es una buena forma de espabilar. Y no digo que no, pero... ¿realmente es para espabilar, o para convertirse en otro amargado más del sistema social?

Hoy, estando sola en la zona de pacientes 'rápidos', mientras los adjuntos estaban no sé dónde... me venían las enfermeras cada dos por tres bombardeándome con situaciones para las que ya me gustaría tener más capacidad de decisión: que esta chica está en hipoglucemia, que esta señora satura al 90%, que este hombre tiene una tensión de 200/100, que ésta se encuentra muy mal...

Si decides actuar, mal hecho, porque no has pedido opinión experta. Si no actúas, mal también por torpe.

Espero que esta sensación de inutilidad no dure mucho tiempo...y por fin pueda disfrutar de las urgencias a mis anchas.

domingo, 7 de junio de 2009

¿De qué película se trata?

RETO DEL MES

Desafíos cinematográficos

¿A qué película pertenece esta escena? ¿En qué libro está basada y cuál es su autor?

viernes, 5 de junio de 2009

"Yo lloré en mi primera guardia"

El martes tuve mi primer guardia y sí, yo también lloré. Creía que esa frase sólo era una exageración por parte de los resis mayores que me lo contaban, pero pude sentirlo en mis propias carnes.

Fue un caos.

Los tutores nos prometían un mundo idílico en el que los adjuntos nos supervisaban, nosotros no firmábamos casi nada, y consultábamos todas las pruebas y tratamientos que debíamos de poner a los pacientes.

Pero la realidad es diferente. En la guardia te encuentras sólo ante el peligro, viendo pacientes y más pacientes. Los adjuntos son más inaccesibles que el papa, y cuando les pides ayuda por algún caso, te miran con cara divertida y te toman el pelo, o te mandan una y otra vez a pedir más y más pruebas, demorando el tiempo hasta que realmente te enseñan algo, para finalmente preguntarte que por qué has tenido al paciente tanto tiempo sin darle el alta. Por suerte, los días siguientes he encontrado adjuntos más amables y que me han ayudado más.

A la una de la madrugada me dio un bajón terrible; tenía un pobre paciente que llevaba esperando horas y horas a que se hiciese algo con él (tiempo durante el cual yo iba para arriba y para abajo preguntando qué tratamiento ponerle, tiempo en el cual me iban dando largas y me lanzaban pullitas sobre lo mal que lo estaba haciendo) . Y me jodía enormemente tener a aquel hombre con rigidez de nuca más fiebre sin foco, esperando, sin rechistar, aceptando estoicamente todo lo que yo le iba contando, aceptando todas mis excusas agradecido por mi atención. Y me derrumbé.

¡Qué impotencia estar tan perdida! No saber donde están las cosas, qué tratamientos se ponen, cómo se piden. No poder firmar, todos esos rollos legales que te pintan tan bonitos. A mi no me importa responsabilizarme de mis pacientes, lo que me importa es que todavía no tengo los conocimientos suficientes para hacerlo. Más quisiera yo que no tener que andar mendigando la atención de mis adjuntos, y por supuesto no tener que soportar sus ironías estúpidas.

Sólo puedo quedarme con el lado positivo de la guardia: unas R mayores que me apoyaron, me ayudaron en todo momento, y que contribuyeron a que no me desmoronase del todo. Que estuvieron pendientes de mi para que fuese a cenar o a dormir un poco (aunque realmente no pegué ojo, ¡me sentía culpable por subir a dormir!).

El miércoles, saliente de guardia, estuve como una zombie. Y mis compañeras, al verme llegar el jueves con cara depresiva no se atrevieron a preguntarme qué tal la guardia. Por suerte, las dos siguientes mañanas en urgencias no han ido tan mal, y poquito a poquito me voy viendo un pelín menos perdida.

El fin de semana que viene tengo doblete. Si sobrevivo, os lo cuento.