La hierba fresca y húmeda bajo mis manos, lucía collarcitos de rocío brillando bajo una luna casi azul. Estábamos tú y yo, arropados por la oscuridad de aquel bosque, besándonos sin prisa, rozando los cabellos que olían a bruma. De nuestras bocas brotaba un aliento condensado, volutas de un deseo contenido que se esparcía en la noche.
¡Qué bello era amar a oscuras! Tan bello, y tan empañado por la turbidez somnolienta de la noche que acababa, del día que llegaba… Deslumbrado por el sol que nos despertaría de un dulce sueño.
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