sábado, 4 de mayo de 2013

Mundo interior




Hay días en los que pienso que no estoy hecha para el mundo en el que vivo. Este no es un pensamiento nuevo, creo que redunda en mi cabeza casi desde que tengo uso de razón, sólo que hace años no tenía la forma de una idea. Cuando era niña, esa idea estaba materializada en las largas tardes en las que jugaba a solas, inventándome historias y amigos, cuando me divertía mucho más con mis ilusiones que con los juegos que me proponían mis compañeros de colegio. Ahora, se materializa en las largas tardes que paso jugando a videojuegos, viendo series on-line o escuchando la música que me eriza los pelos (música, que por cierto, es casi la misma que escuchaba por aquel entonces). 

Analizando esto, pienso lo poco que he cambiado a pesar de tantos años transcurridos. A pesar de haber cumplido treinta y un años, mi mente funciona casi igual que cuando tenía ocho. He sustituido unos juegos por otros, y he pasado de ignorar los juegos de mis amigos a ignorar la sociedad que me rodea en general. Quizás no es que haya cambiado poco, sino que me aferro de una forma pertinaz a los recuerdos que me arrullaban durante aquellos años donde todo era más sencillo.

Pocas cosas hay que llamen mi atención, al menos con una pasión suficiente. Una de ellas es mi profesión, por supuesto, que es de lo único que puedo estar orgullosa en esta vida. Otra, el world of warcraft. No queda muy elegante presumir de estas dos dispares aficiones, pero esto es lo que hay. A parte de ello, no tengo interés especial en casi ningún aspecto del mundo que me rodea. Claro que dicho así, suena muy drástico, y probablemente no sea cierto del todo. Lo que sí es verdad es que las únicas cosas por las que me muevo realmente,  son aquellas que me generan una sensación de intensidad. Sí, intensidad es la palabra: amor intenso, odio intenso, curiosidad intensa, diversión intensa. No soy una mujer de término medio, necesito la extremidad.

Todo eso hace que sea un poco rara, friki, nerd, o como se le quiera llamar. A mi me gusta más pensar que he construido un mundo personal mucho más cómodo y divertido que la realidad que me toca vivir. Este mundo no es más que el umbral de intensidad que he otorgado, de forma involuntaria, a las cosas que me rodean. Así, todo aquello que no genere en mi la suficiente pasión, queda automáticamente excluido.


Puede que esta actitud ante la vida sea egoísta, o el producto de una inseguridad que ha hecho que me aferre únicamente a las pocas cosas que me producen un sentimiento de bienestar. No lo sé. Me gustará saber qué opiniones tenéis al respecto, y qué tipo de mundos tenéis vosotros.

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