martes, 17 de marzo de 2009

Mi regalo de cumpleaños

RETO DEL MES

Desafíos Literarios

Para poner las cosas un poco más difíciles a los participantes, y para culturizarnos pictóricamente, el siguiente concurso girará en torno a un cuadro: el Tríptico del Juicio Final, de El Bosco. El tríptico es el que veis encima del mensaje. Haciendo clic sobre cada parte del tríptico, lo veréis ampliado.

La longitud del relato rondará las 500 palabras.

Estará narrado en primera persona.

La temática del relato girará en torno al día del Juicio Final. Cada participante puede interpretar dicho juicio final a su gusto, no es necesario el sentido bíblico del mismo.

El relato debe contener uno de los detalles del cuadro. Por poner un ejemplo, si en el cuadro aparece un perro con alas, en el relato aparecerá un perro con alas. ¡Ya podéis agudizar la vista en busca de detalles en el cuadro!

A lo largo de la historia deberá aparecer la siguiente frase: Te dije que esto iba a ser peligroso.

Hace un mes cumplí diez años. Una gran fiesta, grandes regalos. Pero aquella enorme caja con papel de estraza azul contenía, sin lugar a dudas, el mejor de todos. El juego se llamaba “Crea tu mundo”, y contenía una enorme bola de tierra y agua, una caja con miles de animales microscópicos, y dos figuras antropomorfas que representaban a un hombre y una mujer. Además incluía un microscopio de diez millones de aumentos, y unas pinzas de precisión para manejar las figuritas.

Nada más terminar la fiesta de cumpleaños, me marché corriendo a mi cuarto a montarlo. Mi padre me ayudó a construir un motor que hacía girar aquella gran bola junto a una lámpara halógena, y situé el conjunto en el oscuro sótano de mi casa. Estaba entusiasmado; observar aquel pequeño mundo a través del microscopio me fascinaba.

Los animales y las dos figuras humanas tenían vida propia, y parecían actuar con autonomía bajo mis ojos henchidos de curiosidad. En pocos días me asombró comprobar que las figuras humanas se habían multiplicado y habían construído estructuras similares a edificios. Pasaba horas muertas frente a mi bola mágica de vida. Unas veces echaba agua con un aerosol, y al mirar por el microscopio comprobaba que había causado inundaciones que destruían ciudades enteras. Otras, tiraba piedritas que aniquilaban cuanto estuviera en la zona de impacto. Un día mi perro golpeó con sus zarpas la bola, y tras volverla a poner en su sitio vi grandes urbes destrozadas.

En pocas semanas pude comprobar que esos seres con forma humana habían evolucionado a pasos agigantados y proclamado su hegemonía; contemplé guerras, monumentos, pequeños aparatos que volaban por la superficie de la esfera. Pero aquel juego comenzaba a aburrirme, y esas miniaturas me caían mal, eran hostiles, todo el día estaban causándose problemas entre ellas. Por no decir lo más importante: mi padre me había comprado una impresionante bicicleta con siete marchas.

Para dedicarle al juego un último minuto de gozo, cogí una cerilla, prendí fuego a la bola, y me asomé a través del objetivo. Era divertido ver a todos esos hombrecillos correteando aquí, y allá, estupefactos y aterrorizados. Todas esas construcciones caían, y muchos aprovechaban para practicar la maldad. Unos violaban mujeres, otros robaban, otros mataban. Incluso pude percibir que aparecían unos seres nuevos, pequeños demonios rojizos que reían y saltaban, que aplaudían a los malhechores y ponían la zancadilla a los que huían. Me hizo gracia; había pilluelos colorados que azotaban cuerpos desnudos, que forzaban a fornicar a las vírgenes, que obligaban a beber barriles de whisky a los abstemios, que empalaban a los dichosos. Vi a muchos de los hombrecitos arrodillarse y murmurar cosas con las manos juntas, pero desgraciadamente mi microscopio no me permitía oírles. El mundo que había creado se convirtió pronto en un desierto ígneo plagado de grandes insectos y almas corruptas, de pecados, de vicio y de redención vacía.

Por un momento sentí lástima de haber destruido mi propia creación. Sin duda era un gran juego, pero el fuego la destrozó en unos pocos minutos, y mi bicicleta nueva esperaba en el porche. Al fondo, mi madre, con voz de disgusto y con el extintor en la mano, reprendía a mi padre:

- Te dije que esto iba a ser peligroso. Es muy crío para jugar a ser Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu mensaje. Siempre me hace ilusión saber que alguna persona, en algún lugar, se siente interesada por algo de lo que aquí escribo.