domingo, 9 de octubre de 2011

El final

No era fácil ver a través de la ventisca, ni escuchar el sonido de los gritos en la ciudad, que se dibujaba como un perfil oscuro escondido entre llamas, más allá. El aire bramando furioso, arrastrando consigo restos de arena que se estrellaban contra la piel, sólo era el eco lejano de la agonía de un pueblo que desesperado luchaba por sobrevivir. Nadie sabe a ciencia cierta si fue antes el huracán o los incendios, pero sin embargo todos tenían muy claro que de aquel núcleo vital poco iba a quedar en pie.

Los ciudadanos corrían desesperados, buscando refugio algunos, otros intentando en vano encontrar un camino de salida que los llevase a algún lugar de silencio, donde aquel rugido ensordecedor de la tierra no les susurrase en cada instante que iban a morir.

Contemplar la escena dantesca desde la lejanía era casi más pavoroso, por la mezcla de impotencia e insignificancia, por la panorámica de un elemento imparable que en pocas horas demostraría lo fútil que es nuestra existencia sobre la hierba que pisamos. Con los ojos entrecerrados divisé cuerpos corriendo frenéticamente y dejándose el alma por el camino, escuché lamentos, en mi piel sentí el calor del desierto y el frío de la muerte, y sin poder hacer nada, tuve que dar la vuelta y marchar.

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